EKUÓREO
  Ekuóreo 6
 

El sexto número

     El número 6 tampoco registra la fecha de aparición. La letra-set, que había entrado por los títulos, ahora también servía para escribir los nombres de los autores. Las ilustraciones, de Veronika Kraft, fueron definitivas para la diagramación de los textos. En la primera página, tomaron de la ilustración —que llena completamente una elipse— la parte superior, lo que deja un fragmento casi semicircular que cierra la página, sin permitir margen inferior. Todavía con diagramación manual, flanquean el dibujo dos cuentos: de Augusto Hoyos y de David Morales.
Lluvia
Augusto Hoyos

A veces me sucede cuando camino bajo la lluvia —y mientras ésta cae paulatinamente sobre cada una de mis articulaciones— que escucho ciertas notas musicales de un singular tono. Me asombro un poco pero escucho con más atención. Después de un instante, el preciso para colocarme un pañuelo sobre la cabeza, localizo los sitios de donde provienen las notas que, a la medida que camino más aprisa y a su vez la lluvia arrecia como nunca, aumentan hasta casi ensordecerme. Las que emiten un sonido más agudo son las articulaciones de las rodillas. Las demás funcionan en coro con las anteriores, eso sí, sin desafinar y acorde con el ruido peculiar que hace la lluvia al caer sobre el pavimento. Algunos pensarán que el manicomio es el sitio ideal para mis articulaciones, pero lo que no han pensado es que en el manicomio la lluvia no produce la misma y particular música que sólo se puede lograr sobre una calle asfaltada y sola.

     Augusto era un hombre mayor para ellos en aquel entonces (hoy también, con seguridad). Acostumbraban a llamarlo Él, con mayúscula, pues era la manera como la esposa se refería a él, con minúscula; era connotado por las poesías que escribía. Cf. Monólogo de un dios triste (Cali: Feriva, 1987), libro de poesía donde incluye el cuento que publicara por primera vez en Ekuóreo 6, así como un par de prosas más.
La roca
David Morales

     La roca estaba en la mitad de la sala como una carga pesada y fatal... Siglos allí y ahora le tocaba a él.
     Para entrar o salir, se dijo, he de rodearla o treparla. No bastaba. Por eso estaba ahora mirándola, como se mira uno ante el espejo, gesto a gesto.
     Quizás, pensó, era necesario un cincel para romperla, y finas estacas para ir acuñando las grietas y hacerla reventar. Esto llevaba tiempo. Mientras tanto, el piso comenzaba a agrietarse bajo el peso de la roca. Ahora estaba sentado mirándola. Parecía haber crecido. De seguro, moriría viendo el abismo entre las grietas.
     No había tiempo que perder. Se acercó y haciéndose de rodillas tocó con sus dedos la materia irregular; una mano se perdió entre las grietas del piso. Se sintió como un niño luego de un temblor de tierra.
     Volviendo en sí, se puso en pie y acarició con todo su cuerpo la roca y la piel de la roca le habló. Empezaba a ser otro. Entonces se dio cuenta que debía abandonarla a su hundimiento, que era hora de partir, sin remordimientos. Lo necesario era partir y así lo hizo.

     Este cuento también fue publicado por primera vez en Ekuóreo 6, entregado en manos de Harold por el autor. David también era del consejo de redacción de la revista Aqua ardens.
     La segunda página trae una innovación importante: el cuento del autor “clásico”, no fue tecleado (lo de “digitado” es un neologismo que viene con el computador) por ellos —como en los casos anteriores—, sino que fue fotocopiado y usaron la diagramación original del libro de donde fue sacado. Se trató del cubano Guillermo Cabrera Infante; el texto es una viñeta aparecida en el libro de cuentos Así en la paz como en la guerra (Barcelona: Seix Barral, 1974). Este es un libro inicial de Cabrera Infante (la primera edición es de 1960 y los cuentos fueron escritos entre 1950 y 1958), «pero ya de quien estaba llamado a ser uno de los más notables narradores latinoamericanos», como dice en la contracarátula.
     El asunto de las viñetas les resultaba interesante, pues parecía que el minicuento había podido funcionar como una especie de descanso entre cuentos, de separador. Efectivamente, el libro tiene catorce cuentos, con sus nombres y 15 viñetas —el mismo Cabrera infante las llama así— solamente numeradas. Publicaron la número 4. Las quince fueron escritas en un mes y, según el autor, «describían la náusea de vivir bajo la Tiranía» [sic]; período durante el cual nadie quiso imprimirlas. Sólo se publicarían en la revista Carteles habiéndose dado ya la Liberación (es su palabra y su mayúscula).
4
Guillermo Cabrera Infante

     El hombre bajó la tapa de la maleta del auto y se volvió al sargento.
     —Yo soy muy viejo para ser revolucionario —dijo sonriendo. El sargento no sonrió y nadie supo si era por exceso de sentido del deber o por falta de sentido del humor.
     Junto al automóvil un soldado mantenía abierta una de las puertas para alumbrar dentro y ahora terminaba de mirar la guantera. A unos pocos pasos otro soldado sostenía un rifle, apuntando hacia la máquina y mirando a las cuatro viajeras. En la parte trasera, al medio, estaba sentada una muchacha, hermosa, la vista al frente, su perfil hacia él en una forma que creyó orgullosa y rebelde.
     El hombre regresó al auto, se despidió cortésmente de la patrulla y entró. Echó a andar con cuidado. Detrás quedaban los tres soldados, mirando al carro que se iba entre una nube de polvo, alumbradas las partículas de tierra por los faros, como una aureola. Uno de los soldados —el que había mirado hacia adentro con insistencia— recordó una lección de tiro y a su memoria vino claramente la cifra del alcance del Springfield. Luego pensó que la máquina debía estar ya a unos cien metros. Levantó el arma y se la echó a la cara. Apuntó al centro del carro y contó: «Ciento veinte, ciento veinticinco...». No vio el resultado, pero pudo predecirlo. En la academia de reclutas, uno que había estudiado medicina, le explicó que el cerebro nada en un líquido a presión y que una bala de alta velocidad casi siempre lo hace estallar cuando penetra, como cuando se le dispara a un tanque lleno de agua, que revienta.
     El soldado bajó el rifle y miró al sargento. El sargento miraba a la máquina detenida a lo lejos, su interior alumbrado y no volvió la cabeza. El otro soldado se echó a un lado, a la cuneta, atemorizado, pero sin saber exactamente de qué. El primer soldado sonrió y miró al rifle y miró al otro soldado y miró al sargento.

     Se trata de un Cabrera Infante revolucionario. El «estúpido, monstruoso crimen» de la muchacha en la carretera (tema del cuento transcrito), provocó la ira que tramitó con las viñetas, que hablan de ese caso, de asesinatos conocidos (entre cuyas víctimas se encontraban amigos suyos) y de anécdotas que andaban de boca en boca. Pero esto no impide su humor negro: «El sargento no sonrió y nadie supo si era por exceso de sentido del deber o por falta de sentido del humor»; este era otro tema de la lenta y a veces consciente teorización sobre el minicuento de los editores de Ekuóreo: no cabe allí el panfleto; no es la intención sino el trabajo lo que hace la obra.
     El cuento se depositó sobre otro dibujo elíptico de Veronica Kraft. Vale la pena reproducir un comentario sobre los dibujos (hechos en 1970), pues no sólo añade información sobre la dibujante, sino que también avanza en la atmósfera literaria: «“Cartas a niñas pequeñas” llama Veronica Kraft su diseño, que lleva el título de la conocida colección de cartas de Lewis Carroll, de fabulosa fantasía, a la vez que de misterio fascinador. Juntamente con otras tres fototipias de la empresa gráfica Ganymed, figura en un estuche de la Editorial Rembrandt, de Berlín, con el título Die Unterirdischen [Los que permanecen bajo tierra]. Sirve de explicación la historia siguiente: “En los tiempos en que Adán y Eva fueron expulsados del paraíso, Eva se hallaba cierta noche lavando a sus hijos, cuando se le apareció el Señor Dios. Eva escondió rápidamente a los niños sucios y sólo dejó ver al Señor a los que ya estaban lavados. Pero Dios lo advirtió y dijo: ‘Todo lo que me ocultas habrá de permanecer oculto a los hombres’. Los niños no lavados desaparecieron en las colinas, y desde entonces viven bajo tierra. Muy pocos son los hombres que logran verlos —como también son pocos los que conocen el mundo silencioso del inconsciente”».
Al rey
Noel Cruz

Tomó el extremo de la pieza entre las falanginas del medio y el anular, con un gesto suave por encima de las cabezas, como un vuelo de la mano adornado por el pulgar torneado y sensual. Con sus labios acusó la estrechez del movimiento y sus ojillos grises se iluminaron. La bestia, con su vientre húmedo, jadeante, las babazas en hilachas llegando hasta el pecho, rozó levemente el pedestre silencioso e inmóvil; giró su cuerpo y arremetió, destrozando la vieja torrezuela. Entonces el moreno del brazo grueso y nudoso, como garrote, inició con el ataque del alfil un tableteo sostenido de movimientos, un retumbante aplastar del enemigo, hasta dar con la sangre del Rey. Tomó un sorbo espumoso y soltó la carcajada.

     Este cuento fue publicado por primera vez en Ekuóreo 6. Fueron por él hasta el apartamento de Noel, donde escogió casi al azar de entre un montón de papeles, seguramente todos ellos cuentos... como cuando riegan las miles de boletas de un concurso en el piso y un voluntario del público se zambulle en ellas para escoger el ganador. Para ese entonces, Noel tenía el prestigio de ganarse toda beca a la que “aplicara”; razón por la cual cariñosamente lo denominaban Rebeca. También publicaba poesía, por ejemplo en Aqua ardens.
 
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