EKUÓREO
  Ekuóreo 9
 
El noveno número

     Continúan la ubicación temporal parcial y la contribución de diagramación y levantamiento de textos que, esta vez, agregó un sugestivo rótulo: “distribuye, importa, exporta, reproduce y apoya literatura de calidad”. Como sin paréntesis nosotros no aplicábamos la ley distributiva, leímos que Ekuóreo era apoyado por ser literatura de calidad y que los objetos de distribuir, importar, exportar y reproducir no habían quedado explícitos.
     Si bien de Yoko Ono conocíamos una suerte de poesías surrealistas, demasiado raras, todo se nos ocurrió, menos que John Lennon escribiera cuentos. Bastante teníamos con sus composiciones, arreglos musicales y vocalizaciones; pero resulta que la revista Sésamo Nº 2 (1976), editada en Manizales, había traído esa sorpresa, además en una traducción bastante barroca.
No hay moscas en Frank
John Lennon

     No había moscas en Frank esa mañana. Después de todo, ¿por qué no?
     Era un ciudadano responsable con mujer e hijos, ¿cierto?
     Era una típica mañana para Frank y con una agilidad que escapa a la descripción saltó al baño cayendo sobre la báscula. Con disgusto descubrió que había engordado 12 pulgadas. No podía creerlo y la sangre se le subía a la cabeza haciéndolo poner colorado.
     «No puedo creer esto que le pasa a mi cuerpo que no ha engordado desde que mi madre me alumbró. Sí, aunque por el criado de tu tenebrosa cabaña quiera comer, ya no lo haré normalmente. Lo que me irrita escrupulosamente es que me ha agarrado en mi interior como una gordísima y pesada hebilla».
     Frank miró de nuevo abajo la horrorosa visión que nubló sus ojos con espantoso pesar. «Doce pulgadas más pesado, ¡Dios!, aunque no estoy más gordo que mi hermano Geoffery, cuyo padre Alec vino desde Kennet —a través de Leslies, quien engendró a Arthur, hijo de Eric, por la casa de Ronald y April— cuidadores de James de Newcastle, quien corrió: Madeline 2-1 al lado de Silver Flower, (10-2) último Wot-ro-Wot a 4/3 de Libra Esterlina».
     Viajó escaleras abajo con la cresta doblada —con un gran peso en sus petrohombros— y ni siquiera la golpeada cara de su mujer pudo sacar una sonrisa de la cabeza del pobre Frank, quien, como sabes, no tenía moscas en él. Su mujer, una antigua belleza maricona, lo miraba con extraña, pero dura mirada.
     —¿Qué os perturba Frank? —preguntó estrechando su ciruela—. Luces rechazado, sino informal —dijo.
     —No es nada sino que he ganado 12 pulgadas más en altura y en anchura de ayer a hoy. ¿No soy el más miserable de los hombres? No me sufraguantes al hablarme o puedo confiarte una injuria mortal. Debo atravesar este camino solo.
     —¡Dios!, Frank, me habéis asustado fuertemente con tan grave charla. ¿Debo ser culpada de tan enorme polispasto?
     Tristemente miró Frank a su esposa, olvidando por un momento la causa de su miseria. Caminando lentamente hacia ella, le cogió la cabeza con sus manos y con unos pocos rápidos golpes la dejó compasivamente en el suelo, muerta.
     —Ella no deberá verme más así —murmuró— no todo gordo y en su cumpleaños 32.
     Frank tuvo que hacerse el desayuno esa mañana y también las mañanas siguientes.
     Dos (¿o fueron tres?) semanas más tarde, Frank despertó de nuevo para descubrir que no seguía habiendo ninguna mosca sobre él. «No moscas en este muchacho Frank», pensó, pero, para su sorpresa, parecía que había una cantidad de moscas sobre su mujer, quien seguía extendida sobre el piso de la cocina.
     «No puedo compartir el pan y todo eso estando ella echada aquí», pensó escribiendo mientras hablaba, «debo llevarla a su casa donde la harán sentir bienvenida».
     La juntó en un pequeño saco (porque ella sólo medía metro y medio) y arrancó hacia su verdadero hogar. Frank golpeó en la puerta de la casa de su mujer. Su madre abrió la puerta.
     —He traído a Mariam a casa, señora Sutherskill’ (él nunca se atrevió a llamarla mami). Abrió el saco y puso a Mariam en el dintel.
     —Yo no voy a tener esas moscas en mi casa —gritó la señora Sutherskill’ (quien estaba muy orgullosa de su casa), cerrando la puerta. «Ella por lo menos me habría podido ofrecer una taza de té», pensó Frank regresando al problema o a sus petrohombros.
 

     El dibujo es del mismo Lennon; nuestro diagramador le agregó moscas para llenar unos espacios (que no necesitaban ser llenados) y puso grandes títulos, como en una revista de farándula. La foto del músico, que también acompaña el cuento, es sacada de la misma revista.
     Por la otra cara, quedarían dos autores más: los amigos José Ignacio Izquierdo y Horacio Benavides, que entregaron sendos cuentos a la revista. Las ilustraciones en ese lado son de Walter Rabe, asunto que se informa explícitamente en este número (lo que ocurría apenas por segunda vez). No se informa, sin embargo, que forman parte de “Despertar de la aurora”, obra de Rabe tomada de la revista alemana Gebrauchsgraphik (Munich).

Crema de tomate
José Ignacio Izquierdo
He dejado mi infancia
a los otros pequeños,
los cuales reirán
con la boca llena.
 
Tristán Tzara
 
     Desde el momento en que tomaste la primera cucharada me di cuenta que ya no volverías a amenazarme. Sentado frente a ti no he sido capaz de probar bocado y papá a mi lado ha hecho ya varios comentarios acerca de mi falta de apetito. Nada hubiera sucedido si tú no te hubieses asustado y por no poder guardarte nada, ella se enteró de lo que hicimos con Mariposa. Todo hubiese seguido igual pero se te fue la lengua y ella se enteró. Estoy seguro que no lo hicimos con la intención de que muriera, sólo tratábamos de experimentar la mezcla de polvos que habíamos preparado en la bodega. Por eso nunca te he perdonado que nos delataras y mucho menos que me echaras toda la culpa a mí aprovechándote de ser tú el mayor y yo el más travieso.
     Ella fue la que armó todo el escándalo, y con razón, ya que la gata era suya. De todas maneras hubiese sido mejor haberla dejado creyendo que se había muerto de vieja, pero tú, no sé si por ganarte sus favores o por vengarte de mí, me echaste toda la culpa. El hecho es que nunca, ni tú mismo, pudieron encontrar los polvos pues cuando los escondí ya había pensado hacer lo que he hecho.
     Cuando probaste la primera cucharada pensé por el gesto que hiciste que no te la ibas a tomar, no sé por qué te demoras tanto en tomarte la crema. Ahora que nuestra madre le dice a papá que no olvide las flores para la abuela, pienso que no debí contarte nada, debiste quedarte callado y no amenazarme con contárselo a nuestro padre, debiste guardar tus remordimientos pues al fin de cuentas ya estaba muy vieja y no iba a durar mucho tiempo. Desde el día que ella me tiró de las orejas en represalia por lo de Mariposa decidí hacerlo, lo malo fue habértelo contado. Mucho tiempo estuve esperando la oportunidad hasta que al fin se me presentó cuando ella se antojó de comer fresas y tuve la fortuna de ser yo quien se las llevó preparadas con crema de leche y melado de azúcar. También aquel día tuve miedo de que ella no se comiera las fresas pero tan sólo hizo un comentario, su último comentario, acerca de lo amargo de las fresas que al fin se lo atribuyó a lo muy maduro de éstas. Nadie se interesó por ir más allá de su muerte pues ya estaba muy vieja y a esa edad se podía morir de cualquier cosa. El viejo Arnold dictaminó paro cardíaco y todos se lo creyeron, al fin de cuentas él era su médico. Tú eras el único que me miraba con cara de condena aunque de muchas maneras traté de hacerte ver que no tenía sentido preocuparse por su muerte, que lo único que podíamos hacer era olvidar ya que no había nada de qué arrepentirse. Pero tú no me hiciste caso y seguiste con tus remordimientos, hasta tal punto te sentías culpable que de noche tenías pesadillas o soñabas que la abuela entraba por la ventana y venía a pedirte cuentas. Otras veces te revolcabas en la cama porque en tus oídos resonaban los maullidos de Mariposa y no te dejaban dormir y yo tenía que levantarme y taparte la boca para que no siguieras llorando y gritando, temiendo que papá te escuchara y se enterara. Fueron muchas las ocasiones que a medianoche tuve que levantarme a traerte agua y pastillas para dormir porque tú continuabas desvelado. Lo de las pesadillas te lo pude haber perdonado, no me importaba desvelarme contigo, pero lo que no puedo perdonarte es que me hubieses amenazado y esta mañana hayas amanecido decidido a contárselo a papá. No sé cómo he podido convencerte de que lo dejes para la noche, inclusive te he prometido que seré yo quien le cuente.
     Ahora estamos sentados papá, tú y yo, a la mesa almorzando y, en tanto nuestra madre entona una canción desde la cocina, pienso que la crema de tomate que tanto te gusta tiene la ventaja de atenuar el sabor. Por fortuna llegué primero al comedor, tuve el tiempo suficiente y al fin he respirado tranquilo cuando te he visto tomar la última cucharada. Creo que ha sido por la sonrisa dibujada en mis labios que tú has vislumbrado la realidad y he visto en tus ojos el mismo gesto de condena que tenías en la mañana pero con el aditivo de la impotencia. Sólo al verme sonreír has comprendido tu imposibilidad, pero ya es demasiado tarde, no debiste amenazarme, hermano.
     Sólo me queda esperar para ver a qué cosa le van a atribuir un suceso tan inesperado y aunque sé que nuestros padres lo van a sentir mucho, yo por mi parte creo que no tengo nada de qué arrepentirme pues fueron ellos mismos quienes quisieron que sucediera. Sería fatal que mi padre llegara a sospechar algo, no quiero pensar que también él me obligue a hacerlo.
 

     Este cuento —que ya había participado en concursos de ídem— fue publicado por primera vez en Ekuóreo 9. Le gustaba tanto a Harold este cuento, que para referirse a su amigo, a veces decía “mi amigo cremo...” y corregía. José Ignacio Izquierdo (Bugalagrande, 1953) se la pasaba leyendo y escribiendo cuentos y, sin embargo, no era excéntrico. Nos hizo leer, por ejemplo, a Lovecraft, apellido que él pronunciaba literalmente.
Un amor
Horacio Benavides
     La calle, que por los avisos debía ser una calle comercial, era larga y solitaria. Oscurecía y no encendían el alumbrado público. La vi avanzar en dirección contraria a la mía, el viento abanicaba su pelo negro. Marchaba distraída, con aquel andar sin ritmo propio de las mujeres que aún no han aprendido a caminar. No podría decir que fuera mi novia, pues jamás llegamos a tales tratos, ni siquiera al más pequeño diálogo, aunque por mucho tiempo y en diferentes lugares, amparados por la distancia, nos habíamos contemplado y murmurado palabras amorosas.
     Amenazado como estaba por aquel inminente encuentro, ya había mirado a todos lados y no tenía escapatoria, la esperé; aunque hubiera preferido, tal era mi temor, que me tragara la tierra. Pronto la tuve a mi lado. Las cosas sucedieron en tal forma que perdí memoria de ellas; lo cierto es que, sin saber cómo, me encontré enlazando con mi brazo su delicado talle y marchando por la calle a su lado. Tímido y feliz, sin pronunciar palabra, respiraba yo el perfume que exhalaba su pelo y su joven cuerpo de mujer. Descendimos luego por un terreno inclinado, sembrado de árboles frutales, circundados por una atmósfera límpida; corríamos tomados de la mano, o tal vez nos deslizábamos en esquíes, libres de peso, sobre un campo de hielo.
     Llegados a tierra plana, ella, con un rechazo suave, se zafó de mi brazo y echó a correr por un sendero de tierra roja, orillado de fique. La vi alejarse corriendo tras el aro, dejando flotar su cabellera suelta, como aquella niña de la cartilla en la que aprendí a leer.
 
     Horacio (Bolívar, Cauca, 1949), con su semblante de hombre oriental sabio, con estudios de pintura en el Instituto Departamental de Bellas Artes en Cali, era otro de los que sostenía las revistas Barcalebrio y Aqua ardens. Luego (1983) hizo una hoja volante con cuentos de niños: Los gatos cantores. Actualmente dirige el Taller de Literatura con niños Viento Sur. Le gusta más hacer poesía que prosa: Orígenes (1979), Las cosas perdidas (1986), Agua de la Orilla (1989), Sombra de Agua (1994), La aldea desvelada (1998) y Sin razón florecer (2002), con el cual ganó el Concurso Nacional de Poesía del Instituto Distrital de Cultura y Turismo en 2001. Sus poemas han sido incluidos en antologías hechas en Colombia, México y Brasil.
 
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