EKUÓREO
  Ekuóreo 1
 

El comienzo de la historia 

     Ekuóreo nació en Cali, Colombia, en 1980, mientras Harold Kremer y Guillermo Bustamante Z. eran estudiantes de literatura en la Universidad Santiago de Cali. En aquel entonces se decían: «con semejante nacimiento: una hojita blanca a máquina por ambas caras, 100 ejemplares, de circulación universitaria, ¿qué destino podría tener sino el éxito?, pues, peor de lo que ya es, no podría irle».
     La versión elegante de por qué ese nombre —Ekuóreo— podría ser cualquiera, amarrada, claro está, del significado de la palabra ecuóreo [con “c”]: «Del lat. aequoreus. adj. poét. Perteneciente o relativo al mar», como dice el Diccionario de la Real Academia de la Lengua. Pero hay una versión más prosaica: una afición de fatigar el diccionario los llevaba a buscar palabras “raras” y a tratar de incorporarlas al habla cotidiana; tal vez Julián Malatesta era el inventor de esta práctica. En cierta ocasión, comentándolo con Eduardo Serrano Orejuela, uno de los profesores en la universidad, él les lanzó la tal “ecuóreo”. Quedaron en un ilapso, pues la palabra estaba bien provista: era simpática al oído, tenía la magia de las esdrújulas y además no se resolvía a ser consonántica: parecía sobreaguar vocálicamente. La adoptaron de inmediato, debido a que estaban buscándole nombre a una idea que ya los atormentaba. Lo de ponerle “k” en lugar de “c” tiene que ver con “K”remer y su afición de ese momento por el Señor K. de Kafka (de pronto también por el de Brecht).
     Los autores del primer número de la revista da testimonio de esto: “Arsenio el excéptico” [sic], es aquel profesor de la universidad que trajo a cuento la palabra ecuóreo; “E.M.” es “El mastólatra”; “H.K.” es Harold Kremer; y “Franz Kafka” es un empleadito bancario que cedió su “K” para el nombre de la revista.
     ¿Para quéEkuóreo? En esos tiempos principaba (ya no reinaba) el discurso de izquierda en la universidad. Quedaban unas muestras que llamaban especialmente nuestra atención: las chapolas. El Diccionario de la Real Academia de la Lengua dice que en Colombia “chapola” es mariposa, insecto. Pero ellos, que hablan esa lengua y que están en ese país, no sabían. Pues bien, parece ser que, por “volar”, la chapola le heredó el nombre a un libelo(-la) de carácter político que, en Colombia, se distinguía por ser horriblemente diagramado e igualmente impreso; y cuyo contenido y tono era predecible casi en su totalidad: abajo los de arriba, arriba los de abajo...
     En tal contexto, y con fiebres adolescentiles de escritores (más en el caso de Kremer) y de teóricos de la literatura, razones mezcladas disímiles por las cuales eran estudiantes de literatura, se propusieron hacer una chapola que se diera espacio para el humor, que no se tomara las cosas tan en serio, es decir, un tanto mamagallista.
     Del propósito comentado, quedó algo en la frase que cualquiera puede encontrar al terminar la segunda página del primer número (y que incluye letra manuscrita de Kremer). La frase dice: “Con este órgano, ¿para qué grupo?”. Esto era una alusión directa al uso de la época, ya que cada publicación era el “órgano” de un grupo político determinado. Pues bien, ellos invirtieron la fórmula: semejante maravilla no necesitaba apoyarse en nada más que ella misma. Nótese que es éste ya un principio literario.
     Inicialmente, entonces, Ekuóreo iba a ser una chapola contestataria a las chapolas contestatarias. Se pusieron en ello y he aquí que todo terminó siendo distinto. Suena estereotipado, pero la revista misma se hizo. Diagramaron (si así pudiera llamársele a eso que hicieron) sólo minicuentos: a máquina de escribir manual, contando de antemano una a una las letras a transcribir y los espacios disponibles por renglón, para después escribir con el apremio de tener que condensar las letras (lo que en una máquina manual es toda una proeza) o de agregar espacios para que el texto quedara, como se diría después, “justificado”; es decir, que tanto la parte derecha como la izquierda fueran perfectamente rectas. Claro que de “perfecto” aquí poco había, pero eran bastante inflexibles en esto, salvo con el texto que debía bordear la única ilustración.
     El papel era bond —hermano de James— de 60 gramos (el grueso del papel se define por el peso del pliego), tamaño oficio o legal.
     No se preocuparon por ponerle fecha. No pensaban en el futuro.
     Iban a hacer una revista anti-chapola, como se ha comentado, pero en el momento de seleccionar los textos, sólo pusieron en consideración cuentos cortos. “Textículo terrífico”, por ejemplo, era un pequeño texto (tal como reza la etimología del primer neologismo del título) escrito por Eduardo Serrano O. (Palmira, 1956), su profesor en la universidad. Había ocultado su identidad detrás de “Arsenio el excéptico”, por razones que se dan a escoger a los lectores una vez hayan leído el cuento. El relato tal vez fue escrito para el primer número de una publicación que él había bautizado sin proponérselo. El tema de los vampiros lo apasionaba por aquel entonces. Más adelante, el número 7 sería sobre ese tema (sólo hubo dos Ekuóreos temáticos) y Eduardo alojaría allí otro relato suyo. Eduardo es una especie de Umberto Eco colombiano (él sabrá perdonar la comparación con aquel autor italiano): sabe mucho sobre la literatura, pero nadie diría que es un escritor... hasta que aparece El nombre de la rosa y todos los esquemas se vienen abajo (y que nadie alegue “suerte de principiante”, pues ahí está El péndulo de Foucault). Pues bien, Serrano también tiene su novela guardada; Freud, que la conoció y que también era crítico literario, la denominaba «novela familiar del neurótico».
Textículo terrífico
Eduardo Serrano Orejuela

     El conde Drácula, ahora un viejo decrépito (no porque hubiera perdido la capacidad de no envejecer, sino porque ese era el aspecto que la vida miserable le había impuesto en estos tiempos nada victorianos), atormentado por un hambre de tres días, vio por fin llegado el momento de saciarla con la sangre de una putica nueva que se paseaba buscando clientes por la calle de los mangones solitarios. Lo mejor, pensó, era acercarse a ella como quien busca otra cosa, ganarse su confianza, lo que, calculaba, no sería difícil, y, en el momento apropiado, en pleno clímax del placer tan esperado, soltarle la dentellada.
     Obnubilado por la visión de su cuello blanco, desnudo, se le acercó imitando el porte majestuoso de otros tiempos. Ella se volvió, lo examinó con mirada experta, le sonrió y le dijo:
     —Hola, macho —con una voz agradablemente ronca, pasada de olor a ajo.

     Perdonen los lectores si la aclaración sobra, pero una de las armas contra los vampiros es el ajo.
     Además, hicieron lo propio de los directores de revistas literarias: se las inventan para publicarse ellos mismos. De manera que a continuación aparece “Convicción de justicia”, firmado E.M. Estas letras son las iniciales de “El mastólatra”, seudónimo de Guillermo Bustamante Z. construido por Eduardo Serrano O. al endilgar —injustificadamente, claro está— alguna afición a su destinatario y volcarla a la lengua griega. El texto había sido escrito un poco antes, pero se publicó por primera vez aquí.
Convicción de justicia
Guillermo Bustamante Zamudio

     Un hombre fue culpado de un delito que no cometió.
     Él había visto complacido cómo, en los últimos años, la justicia de su país se hacía cada vez más enérgica y las penas se volvían bastante severas. Siempre estuvo orgulloso de este proceso y lo expresó, con buen espíritu cívico, participando de todo acto por el cual el pueblo aprobaba las acciones gubernamentales.
     Condenado a muerte, le molestaba no poder probar su inocencia. Escapó de prisión y, en pocos días, atrapó y entregó al malhechor, a quien un jurado condenó inmediatamente a la pena capital.
     En su nueva situación, se le volvió a juzgar; esta vez por escapar de prisión, burlar a la justicia, no obedecer a los llamados que se le hacían y por apersonarse de asuntos oficiales. Encontrado culpable, fue sentenciado a muerte. Pero esta vez no mostró contrariedad alguna.

     Esta es una versión levemente corregida de la que apareció. Y la que apareció fue una versión pesadamente corregida de la que el autor tenía. Trataba de materializar una desazón con cierto tipo de actitud que, de ser llevada al extremo, resulta paradójica, lo cual tenía que ver con una inquietud frente a la especificidad del minicuento. La hermana, que todavía era estudiante de bachillerato, le dijo que el final parecía una moraleja: «iba a morir condenado por unas leyes muy justas y además reconocía ser culpable de los cargos que se le imputaban. ¿A qué más puede aspirar un hombre justo?». Lo de la moraleja, a su vez, alertaba sobre otro asunto frente al cuento corto: ¿hasta dónde hay que decir? Por aquel entonces usaban una expresión de Cortázar aparecida en un artículo publicado en la revista española El viejo topo: «decir más sería empezar a decir menos», idea que convirtieron casi en una definición del cuento corto. Pero, ¿acaso no podría serlo también de la buena literatura?
     Discusiones como ésta les hicieron entrar a la literatura de una manera particular, distinta de las tareas que les ponían en la universidad. A partir de este momento, por ejemplo, se instaló en sus lecturas la idea de Cortázar como una pregunta permanente a los textos.
     Aparece igualmente el cuento “Espejo”, firmado con las iniciales H.K. de Harold Kremer. Que sea la oportunidad para desmentir las disquisiciones que relacionan esta decisión de Harold con la identificación de aeronaves.
     Advertidos de que había mucha gente dispuesta a cobrar cuentas, prometieron solemnemente publicar sus pinitos cada diez números.

Espejo
Harold Kremer

Cuando usted sale de su casa obsesionado con la idea de comprarse un espejo, se puede decir que ha dado por vez primera un gran paso en su vida. Pero si a más de dicha decisión descubre que no desea un espejo cualquiera, sino uno especial que se adapte a su temperamento, su carácter y su figura, se podría decir que usted sabe lo que quiere de la vida. Y si después de recorrer toda la ciudad, de pronto se descubre en un viejo barrio judío discutiendo el precio de un insignificante y carcomido espejo, usted pensará que la vida y el destino han sido pródigos al brindarle esa oportunidad. Y si al llegar a su casa con el espejo se va directo al baño, lo cuelga, lo cuadra y luego se mira durante un largo instante en él, tratando de encontrar su imagen que no aparece por ningún lado, entonces usted tendrá que aceptar la realidad de su muerte.

     Este cuento, aparecido por primera vez en Ekuóreo 1, formó parte del libro de cuentos ganador del 4° Concurso de cuento «Argemiro Pérez Patiño», de la Universidad de Medellín, publicado como La noche más larga (Medellín: Universidad de Medellín, 1984). “Espejo” llegó a publicarse hasta en la revista El cuento —de Edmundo Valadés— en México (No. 100, septiembre-diciembre de 1986).
     Ya eran aficionados al minicuento. Harold sabía que Kafka había escrito pequeños textos desconcertantes de estructura completa. Entonces, del libro La muralla china (Madrid: Alianza, 1973), que es prácticamente un libro de minicuentos, escogieron el siguiente:
La partida
Franz Kafka

     Ordené sacar mi caballo del establo. El criado no me comprendió. Fui yo mismo al establo, ensillé el caballo y monté. A lo lejos oí el sonido de una trompeta, le pregunté lo que aquello significaba. Él no sabía nada, no había oído nada. En el portón me detuvo para preguntarme:
     —¿Hacia dónde cabalga el señor?
     —No lo sé —respondí—. Sólo quiero irme de aquí, solamente irme de aquí. Partir siempre, salir de aquí, sólo así puedo alcanzar mi meta.
     —¿Conoce, pues su meta? —preguntó él.
     —Sí —contesté yo—. Lo he dicho ya. Salir de aquí, esa es mi meta.

     De ese mismo libro tomaron la ilustración de la carátula: un esquema geométrico del principio que da lugar a la obra Klimmen en dalen [Subiendo y bajando] de Maurits Cornelis Escher. Harold lo copió o lo rectificó con escuadra en mano. Era ideal para ilustrar esa característica sorprendente de Kafka; es decir, algo hecho con palabras, coherente, y que, no obstante, resultaba encantadoramente impreciso... como la obra de Escher, en la que uno está viendo algo imposible: una escalera circular que sube o baja permanentemente. Así lo comenta el mismo Escher en Estampas y dibujos (Berlín: Benedikt Taschen, 1991, Pág. 16): «La escalera sin fin, que es el motivo principal de este trabajo, tiene su origen en un artículo de L. S. Penrose y R. Penrose aparecido en el British Journal of Psychology en febrero de 1958. Un patio interior es circundado por un edificio cuyo techo consiste en una escalera sin fin. Los moradores del edificio son acaso monjes, miembros de una secta desconocida. ¿Estarán obligados a ejecutar el ritual de andar cada día algunas horas por esta escalera? [...]».
 
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