EKUÓREO
  Ekuóreo 14
 

El número 14

     Publicado en la primera quincena de marzo de 1981, según se hace constar. “Otra Vuelta de Tuerca” nos regala las tiras de textos en papel fotográfico, que es como entregaban los textos los primeros compóser(es); las leemos, señalamos los errores (en el margen, para no echar a perder lo que está bien, pues habría que volverlo a hacer); nos entregan otras tiras con las correcciones y pegamos los renglones corregidos sobre las primeras (cualquiera puede percibir estas pegas si revisa las desigualdades del interlineado). Esto no quiere decir que Ekuóreo saliera sin erratas. Al contrario, dejábamos pasar deliberadamente unas cuantas para continuar haciendo existir la leyenda del alegre duendecillo que alteraba las hormas tipográficas. ¿Para qué hacer algo perfecto, en medio de lo cual la fantasía parece un escollo, cuando no un despojo?
     Las ilustraciones son de Nelson Leiva, tomadas de un volumen en el que el Círculo de Lectores junta dos libros del libanés Khalil Gibrán: El profeta (1923) y El loco (1918); este último es un libro de relatos cortos como “El espantapájaros”, cuya ilustración reprodujimos en la primera página del Ekuóreo 14. Aquí va el cuento:
     «“Debes de estar cansado de permanecer inmóvil en este solitario campo”, dije un día a un espantapájaros. “La dicha de asustar es profunda y duradera; nunca me cansa”, me dijo. Tras un minuto de reflexión, le dije: “Es verdad; pues yo también he conocido esa dicha”. “Sólo quienes están rellenos de paja pueden conocerla”, me dijo. Entonces, me alejé del espantapájaros, sin saber si me había elogiado o minimizado. Transcurrió un año, durante el cual el espantapájaros se convirtió en filósofo. Y cuando volví a pasar junto a él, vi que dos cuervos habían anidado bajo su sombrero».
     Por aquel entonces, estábamos leyendo Tres novelitas burguesas, del chileno José Donoso. De una de ellas, «Chatanooga choochoo», tomamos un fragmento de la página 19 de la novela —cosa que hicimos constar, por única vez— y le pusimos título:
La invención de Ramón
José Donoso
     ¿No la conoces? Es Sylvia Corday, la de Ramón del Solar... Ya sabes toda esa historia. Sí, parece que la hubieran armado con módulos de plástico, como a un maniquí de escaparate. Dicen que no tiene cara. Facciones, desde luego, no tiene. ¿Dónde está la nariz, por ejemplo? Nadie jamás se la ha visto. Dicen que ni Ramón. Todas las mañanas se sienta delante del espejo y se inventa la cara, se la pinta como quien pinta una naturaleza muerta, por ejemplo, o un retrato... después, claro que Ramón la ha armado pieza por pieza para que ella pueda, bueno, no sé, bañarse, y esas cosas. A veces uno ve a Ramón durante semanas enteras sin Sylvia. Uno le pregunta por ella y él contesta que está en Cappadocia posando para Vogue; está muy de moda Cappadocia ahora. Ya iremos todos. Con Raimunda y Ricardo estamos pensando organizar un charter. Pero es mentira que está en Cappadocia. Sylvia jamás ha estado más allá de Tarrasa. Es porque se ha aburrido con ella y no la arma y no la pinta. Deja guardadas todas las piezas un una caja especial: durante esas semanas Ramón descansa y ella también; por eso es que ella está tan increíblemente joven, porque durante esas semanas que pasa guardada y sin armar el tiempo no transcurre para ella. Después, cuando Ramón la comienza a echar de menos otra vez, la vuelve a armar y salen juntos a todas partes.
 
     Pusimos el título pensando en esa otra invención de Adolfo Bioy Casares, La invención de Morel, que Borges calificara de perfecta. Tal vez debimos seleccionar el fragmento hasta la siguiente frase, que declara: «Dime si Sylvia no es la mujer perfecta»... ¿o deberíamos decir “La mujer aparente”?, tal como titula Rodrigo Parra Sandoval el siguiente minicuento, que forma parte de Tarzán y el filósofo desnudo, libro lleno de pequeñas historias:
     «Afanosamente se metieron en la pieza, y aquella mujer comenzó a desnudarse. Primero se quitó los lentes de contacto, y sus ojos perdieron el color. Sacó de su cartera una toalla prehumedecida y se limpió el maquillaje: la cara desapareció. Se sacó la peluca amarilla y el resto de la cabeza se evaporó. Con la blusa de seda se esfumó el cuerpo de la cintura hacia arriba: sólo se veían los senos en el brassier de finos bordados. Se sacó la falda y desaparecieron las piernas: únicamente quedaba el pantaloncito y su contenido. Cayó el brassier y ya no había senos. Cayeron los pantaloncitos y ya no había nada. El hombre quedó perplejo, sentado en la cama. Unos minutos después reflexionó: era la mujer perfecta, solamente le hizo falta un buen coito».
     Como Harold le pidiera al hoy reputado William Ospina (Padua, 1954) una contribución para Ekuóreo, él muy cordialmente le hizo llegar las dos siguientes muestras impecables de su ingenio, que aparecen debajo de Donoso y al lado del espantapájaros:
Buda
William Ospina
     Buda le dijo al surtidor: «Yo soy un sabio y divino, pero tu generosidad es ilimitada. Hay más agua en tus entrañas que sabiduría en mi alma». Durante mucho tiempo el surtidor dejó de fluir, porque no quería ser más generoso que Buda. Cuando Buda lo supo, se conmovió y despertó una gran sed entre sus discípulos para que el surtidor pudiera prodigar sus aguas sin pena.
 

     Este relato fue publicado por vez primera en Ekuóreo 14, o sea, en 1981. En 2004, Ediciones Arte Dos Gráfico y Revista Número Ediciones publicaron Poesía 1974-2004, libro que compila varios libros y poemas “tempranos” de William Ospina; entre los tempranos está “Buda”. Después de este grupo, aparece un libro fechado: 1984.
A Roma
William Ospina
     Cuando Tomás de Aquino iba hacia Roma, vio venir al pueblo elegido.
     —Deteneos —gritó—. Roma está a vuestras espaldas.
     —Otra es la ciudad que buscamos —dijo desde su barba el Patriarca.
     —Nada hallaréis por este rumbo —les respondió Tomás—, sino barro y arena. Roma, en cambio, es templos y ángeles.
     —No queremos encontrar templos y ángeles —dijo el Patriarca—. Queremos barro y arena para hacerlos.
     Tomás de Aquino siguió su camino en silencio, pero no llegó a Roma.
 

     William era para nosotros una especie de hombre legendario. No era inaccesible más que por efecto de nuestra propia timidez; hoy es su fama la que no le da tiempo. Legendario porque, según se decía —y nosotros difundíamos la especie— se sabía cientos de páginas de El Quijote de memoria, escribía un poema cada noche y lo depositaba en la mesa de su anfitrión, etc. En una velada con personas entre las que él estaba, solamente él habló; allí aprendimos que Dios creó el mundo para consolarse con la posesión de un cuerpo... lo que ya sería un minicuento, si antes no fuera una herejía.
     Cierra la página un relato de otro de nuestros profesores en la universidad.
El preso
Alejandro Ulloa
     «Maté a quien me quería matar», dijo el hombre, suspirando perezosamente al salir a la puerta.
     En ese momento pasaba un policía, quien al escucharlo lo detuvo y lo llevó a la cárcel.
     El hombre acababa de comer.
 

     Publicado por vez primera y única —esperamos— en Ekuóreo 14. Alejandro Ulloa (1956) tuvo que explicarnos que el hombre estaba que se moría de hambre, que el hambre lo iba a matar, en fin. Tenía otro cuento sobre el equipo “América” de Cali; decía que los motivos en los cerros tutelares de la ciudad (Cristo Rey y Las Tres Cruces) no impedían que el diablo entrara, sino que más bien impedían que se saliera, pues ya estaba en el escudo del equipo de fútbol. Con estos dos relatos, Alejandro nos hacía acordar de la anécdota atribuida a Carrasquilla, y que el escritor Manuel Mejía Vallejo le contó a Harold: un joven desconocido entregó dos sonetos al maestro y le preguntó su concepto; el consagrado escritor leyó el primero, le devolvió las dos hojas al joven y le dijo que el otro soneto era mejor. «Pero, si usted no ha leído el otro, maestro», le replicó el principiante. «El otro es mejor, porque poema más malo que este hijueputa no puede haber».
     Alejandro Ulloa, salsero incansable, caleño, después saltó a la fama por otro lado: una serie de investigaciones sobre cultura popular (santería, salsa, baile, candomblé).
Un error
Gabriel Jaime Alzate
     Les habían dicho que aquella mañana llegarían al pueblo.
     Desde temprano salieron a esperar en la carretera principal. Habían ido casi todos con excepción de algunos ancianos y unos niños a los que fue imposible despertar.
     Alguien avisó que la hora había llegado.
     Otro más comentó que no podía tardar.
     El sol subió y se puso vertical. La expectativa fue creciendo con la tarde; entonces resolvieron sentarse a descansar, pero en sus ojos continuó la espera y el posible asombro.
     A eso de las cuatro, cuando el sol cegaba y era necesario usar la mano a modo de visera para detallar las montañas, los caminos y las grutas en las rocas, ya habían olvidado a los que quedaron en el pueblo.
     En la noche, cuando regresaron cansados y desilusionados a contarle a los demás que nadie se había presentado, hallaron el pueblo en ruinas: ni una señal de vida, ni un quejido, ni leños humeantes. Nada.
     Todo fue, según dedujeron, un simple error: el invasor se había presentado a la hora justa. Con terror justo acabó el poblado y a quienes quedaron en él. Decepcionados, los invasores se marcharon maldiciendo la cobardía de los hombres que, abandonando a sus ancianos y a sus niños, habían resuelto huir.
     
     Este cuento fue entregado a Harold, para ser publicado por primera vez en Ekuóreo. De ahí fue tomado para la antología de cuentos breves Dos veces bueno 3, de Raúl Brasca, dedicada a América y España. Y en 2003 formó parte de la selección de cuentos Piedras en la boca. El cuento nos recordaba otra historia maravillosa —que publicaríamos en el Ekuóreo 23—, tramada en verso por Cavafis, donde también hay una espera infructuosa de ese referente absoluto que son esos otros.
     Gabriel ha sido finalista en varios concursos nacionales de cuento. Con Baile de máscaras ganó en 1985 el Premio Nacional de Novela «Ciudad de Pereira». En 1996 ganó el Premio «Jorge Isaacs», en la modalidad de cuento, con La hora del lobo. En el 2002 ganó el mismo premio, en la modalidad de novela, con Los viejos tienen que morirse. Y en 2006 ganó el Premio nacional de novela ciudad de Bogotá, con El viajero en el umbral.
     El siguiente minicuento lo tomamos de unas fotocopias que cayeron a nuestras manos; eran páginas de una revista con textos de Mariana Frenk (Hamburgo, 1898-México, 2004). Uno de ellos, “Una falta de tacto”, había sido ganador de un premio:
     «Cada vez que lucho con la cucaracha, viene el caballo. Digan lo que digan, es una falta de tacto de su parte. Además, ¿pueden decirme qué propósito persigue? El cuarto no es atractivo para él; casi no hay cuadros en las paredes, y mis libros — palabra que no quiero presumir, pero es un hecho que mis libros suponen un nivel intelectual muy por encima del suyo. No sabemos de qué hablar. Como si esto fuera poco, la cucaracha aprovecha la situación para escaparse. A veces ya está muerta cuando llega el caballo. Pero como si nada: aprovecha la situación y se escapa. Vuelve al día siguiente».
     Sin embargo, no era éste el que más llamaba nuestra atención. Una serie de fábulas, sin nombre, incluía la que reproducimos a continuación:
Fábula
Mariana Frenk
     Un caracol deseaba volverse águila. Salió de su concha, trató muchas veces de lanzarse al aire y cada vez fracasó. Entonces quiso volver a su concha. Pero ya no cabía, pues habían empezado a crecerle alas.
 

     Ante esto, se podría proferir una frase grandilocuente como: «Uno de los mejores minicuentos que se hayan escrito», como dicen los críticos; pero en la época de la caída de los macrorrelatos*, en la que alguien que leyera 24 horas al día durante 70 años alcanzaría a leer el 3% de lo que está escrito (que, además, crece en proporción geométrica, no así la capacidad de lectura ni el tiempo disponible), toca decir: entre los que hemos leído, muestra infinitesimal de un inmenso conjunto, y juzgando con criterios absolutamente subjetivos y cambiantes, podemos decir que es uno de los minicuentos que más nos gustan.
     Mariana Frenk fue bautizada Marianne Helen Freund. Sufrió persecución política en su país, por ser judía; entonces emigró a México en 1930. Adaptó su nombre al español y llevó el apellido de su primer esposo, Ernst Frenk. Fue profesora en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, así como en la Universidad Autónoma Metropolitana y la Iberoamericana. Llevó al alemán la obra de Juan Rulfo. Su obra creativa, compuesta por aforismos* y relatos, cobró la forma de libro cuando tenía 94 años: ... y mil aventuras. Siglo XXI la reeditó en 2001 y publicó un segundo y último libro suyo: Mariposa, eternidad de lo efímero.
     Luego pusimos dos poemas:
Experimento
Antonio Zibara
Sobre la mesa de estudio
Los anteojos esculpen
Siniestros ojos de mariposas
Tenues alas de gato
 
Bajo el vidrio
Nadan sonámbulas fotos
Airados peces en la sombra
 
De esta forma
Encuentro ojeras
Por todas partes de la casa
 
Hasta en la cara del espejo
Guardado toda la noche en la gaveta

     Tomado de Puesto de combate Nº 23 (1981). Ekuóreo era una revista de minicuentos. Revistas de poemas (y de cuentos largos), había muchas en el país. Lo que pasa es que Zibara nos asediaba. Ustedes también pueden encontrar en Ekuóreo las “inmiscusiones” —como dice Cortázar— de Julián Malatesta en la poesía japonesa; y no es que Julián asedie menos que Zibara (¿será dicho comportamiento parte de la especificidad de los poetas?), sino que al Hai ku le debemos mucho de la definición del minicuento.
     El otro poema va por otra razón:
La confesión del pequeño Johnny
Brian Patten
Esta mañana
siendo más bien joven y tonto
tomé prestada a mi padre una ametralladora
que había dejado escondida desde la guerra. Fui afuera
y eliminé un buen número de pequeños enemigos.
Desde entonces no he regresado a casa.
 
Esta mañana
multitud de policías con sabuesos
merodeaban alrededor de la ciudad
con mi descripción impresa
en sus mentes, preguntando:
«¿Lo han visto?
Tiene siete años,
como Pluto, el Súper Ratón
y Biffo el Oso,
¿lo han visto por alguna parte?».
 
Esta mañana
sentado solo en un extraño campo de juego
murmurando una y otra vez a mí mismo
Te has equivocado Te has equivocado
resuelvo mi próximo movimiento
pero no puedo moverme;
los perros sabuesos me olfatearán:
ellos tienen mis caramelos.

     En este caso, perdónennos los entendidos, el poeta norteamericano —tal vez por efecto de la traducción— no comete poema, sino que ha desmenuzado en versos una prosa, pues, de acuerdo con lo que nos enseñaban en aquel entonces en la Universidad, allí hay una temporalidad representada, cosa que falta o, en todo caso, no domina en la poesía. En cualquier caso, ¿no es maravillosa la idea de un pequeño hampón cuyos caramelos excitan el olfato de los sabuesos de la policía?
 
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