EKUÓREO
  Ekuóreo 3
 

La imagen corporativa

     Los títulos, las definitivas líneas y el cabezote —ya presentable— de la tercera entrega se deben a José Eddier Gómez (Versalles, 1951), cuentista (como consta en ese número, que hospedó un relato suyo) dedicado profesionalmente a las artes [es un decir] gráficas. Picasso mandó unos dibujos para este número (ilustraciones para una edición en alemán de Las metamorfosis de Ovidio) y José Eddier los ubicó justamente. También contribuyó al éxito estético de este número el paso definitivo al papel “leger buff”, color y textura inigualables; tamaño extra-oficio, que les daba un poco más de holgura a la hora de diagramar y, además, dificultaba el fotocopiado de la hoja... de la revista; y de 90 gramos, gramaje generoso que contribuía a la intención estética en juego, pues no daba lugar a transparencias y su bio-degradabilidad era más lenta.
     Y, a propósito de degradable, el primer relato es “¿Degradación exitosa o mejoramiento fracasado?”, de Eduardo Serrano O., escondido detrás de Petronio Arbiter; publicado por primera vez en Ekuóreo 3.
¿Degradación exitosa o mejoramiento fracasado?
Eduardo Serrano O.

     Lo comprendió de golpe con insólita certeza desde el momento mismo en que el hombre se le plantó delante y vio su mirada y escuchó su aliento. Por supuesto, huyó. Pero inexplicablemente perdió el rumbo y extravió los senderos que la hubieran llevado a la seguridad. Su carrera desesperada la internó más en el parque solitario. Por supuesto, tropezó y cayó. Tal como lo había imaginado en su terror, el hombre desgarró sus ropas y la violó exacta e inmisericordemente. Los inconfundibles espasmos, inmediatos e irreversibles, la sorprendieron. No pudo evitar la rabia súbita, el grito injurioso.

     Eduardo les habló de los “actos fallidos” freudianos, citó a Christian Metz para quien el género textual es una repetición... todo para que ellos entendieran el cuento. Como no entendieron, pero como a través de Ekuóreo había encontrado una razón para escribir, Eduardo los sobornó con una máquina manual de escribir que tenía unos tipos especiales: cosa inusual entre las máquinas de escribir en esa época, la de Eduardo escribía en unos tipos absolutamente diminutos. Esto daba lugar a jugar con dos tamaños de letra en la diagramación, lo cual permitió intercalar a Julián Malatesta y a Javier Navarro entre un relato que Borges hizo popular.
Los dos reyes y los dos laberintos
Las mil noches y una noche

     Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribó sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: «¡Oh, rey del tiempo y sustancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que te veden el paso».
     Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en mitad del desierto donde murió de hambre y de sed. La gloria sea con Aquel que no muere. 

     Pusieron a firmar a Jorge Luis Borges, pero él mismo dice —vaya uno a saber— que el cuento fue sacado de Las mil noches y una noche. Está tomado de El Aleph (en: Obras completas. Buenos Aires: Emecé, 1974). Lo transcribe allí, pues dice que su cuento “Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto” es una variación de aquél. Creían saber algo del atractivo de este cuento para Borges, por lo menos eso les gustaba del cuento: la posibilidad de un laberinto sin obstáculos les parecía que hacía serie con ciertos límites matemáticos, por ejemplo, la línea como un triángulo cuyos ángulos suman, como en todo triángulo, 180°, pues dos de ellos son de 0° y el tercero se ha abierto hasta los 180°; el círculo como un polígono de infinitos lados; etc.
     El texto de Julián que aparecía intercalado en este cuento era el siguiente:
 
Ai Kai
Julián Malatesta

Cansado de mecer la mar
el joven viento
se tendió en la arena 

     Julián Malatesta (Miranda, 1955) es el seudónimo permanente de Julián Malatesta. En realidad él se llama Julián Malatesta, pero no usa el apellido del padre (Jiménez) desde hace mucho tiempo: desde que leyó sobre las andanzas de un anarquista italiano. Los hai ku también son desde hace mucho tiempo una afición suya: en 1983 publica Hojas de trébol (Cali: La sílaba), y en 1997 gana el premio «Jorge Isaacs» de ensayo, con el trabajo Presencia de la poesía china y japonesa en algunos poetas latinoamericanos. El que se acaba de reproducir se publicó por primera vez en Ekuóreo 3. Julián también incursionaba en las revistas por aquel entonces: era del consejo de redacción de Aqua ardens (hay que hacer notar que este nombre, tan sonoro y tan latino, no es más que la traducción del prosaico “aguardiente”, según él mismo les contó; el primer número —si es que hubo más— tuvo lugar en Cali, en febrero de 1981).
     Y el texto de Javier que aparecía intercalado en el cuento del laberinto era el siguiente:
La bella durmiente del bosque
Javier Navarro

     El mago besó tiernamente los labios de la princesa. La durmiente, más bella que nunca, se despertó asqueada. Abominaba el cabello engominado de Mandrake.

     Javier Navarro (Sevilla, 1948) era profesor de Kremer y Bustamante en la universidad. Firmó este texto como “Guillermo y Jacobo Feroz”, que sería la traducción literal de Wilhelm und Jakob Grimm, los famosos hermanos Grimm. Javier, así como sus pares alemanes (también gramáticos, además de literatos, como él), estaba escribiendo una enciclopedia de cuentos para niños, pero en versiones perversas como la que acabamos de transcribir. Más adelante, en Ekuóreo 11, se verá otra muestra de ese trabajo. Quien quiera conocer su poesía, busque la revista Rosa blindada, producida en Cali.
     El cuento de José Eddier —el hombre que dignificó, como se decía, la parte gráfica de la revista— fue el siguiente:
Primeros relatos
José Eddier Gómez

     Los primeros relatos hablan de una mujer coronada por una extraña aureola que, al descender sobre la montaña del norte, dejó una transparente brisa, dulce y vaporosa, capaz de extasiar a todos los seres de La Tierra. Descendió luego por las colinas hasta el valle, donde los hombres angustiados esperaban la señal. Al verla, todos sintieron el gran amor que inspiraba su aliento y bajo su cobijo cultivaron la tierra y se sintieron felices hasta que, en medio del jolgorio, ella desapareció. Los hombres se inquietaron hasta pelearse los unos contra los otros, pues cada uno sospechaba del otro que la habría escondido en su cabaña. Así vinieron las guerras que despedazaron a los hombres y otra vez el dolor y la muerte. Pero la mujer no volvería, porque ya había cumplido su destino.

     Este cuento fue publicado por primera vez en Ekuóreo 3. Luego aparecería en su libro Nai-bor (Cali: La trova paralela, 1980), texto con varios relatos cortos. Les gustaba el tema bíblico que latía en el cuento. Aunque las feministas, en coro, entonaran la canción de “siempre la mujer culpable”, les parecía que ir un poco más allá de la evidencia permitía disfrutar del cuento.
     Al final del tercer Ekuóreo, aparece el texto “Orto grafía”. Su autor, Jorge Nieves O., que no tuvo el pudor de esconderse detrás de un pseudónimo, era un profesor universitario, tal vez en la Universidad del Cauca y después en la de Nariño. Llegó a Ekuóreo por su relación con Eduardo Serrano O. (por la O. del segundo apellido, de pronto son primos). Usó una polisemia muy local de “orto” para su inspiración, publicada aquí por primera y única vez (te rogamos, Señor), que dice así:
Orto grafía
Jorge Nieves O.

Tras meses de paciente escritura, encadenando proposiciones, secuencias, capítulos, puliendo giros, decantando situaciones, tomaba la concluída novela, enrollaba primorosamente el manuscrito, e instalaba el rollo en el porta-papel-higiénico del baño, en el que durante meses, los capítulos, secuencias y proposiciones limpiaban los intelectuales culos que allí acudían, con alguna frecuencia, a buscar cagadas ilustradas.
 

     Antes de librar a la prensa este trascendental número de Ekuóreo, supieron la nefasta noticia de la muerte de Roland Barthes (marzo 26 de 1980). La redacción, entonces, sacó su primer Anexo: “Asesinado Roland Barthes”. En realidad, fue escrito por Eduardo Serrano O. La noticia de prensa decía: «La muerte de Roland Barthes. Lamentable accidente». Pegaron un fragmento de la noticia en mitad de la hoja y le superpusieron la frase «¿Lamentable accidente?». A los lados, diagramaron manualmente el texto, que colma el primer anexo. El relato, entonces, es la justificación del título: se trató de un asesinato.
Asesinado Roland Barthes
La redacción

     Recientemente, los cables internacionales informaron acerca de la trágica muerte de Roland Barthes, el prestigioso semiólogo francés, acaecida a raíz de las múltiples fracturas que recibió al ser atropellado por un auto en una céntrica calle de París. «Lamentable accidente», han declarado unánimemente sus numerosos lectores.
     Pero en realidad Roland Barthes fue asesinado. Y los autores intelectuales y materiales de este asesinato no son otros que los signos, confabulados contra el semiólogo a raíz de las denuncias que desde hace varios años venía haciendo de sus funciones mistificadoras y de dominación. «El lenguaje es una legislación —había escrito Barthes—, la lengua es su código. No vemos el poder que está en la lengua, pues olvidamos que toda lengua es una clasificación, y que toda clasificación es opresiva. Jakobson ha mostrado que un idioma se define menos por lo que permite decir que por lo que obliga a decir. De esta manera, por su estructura misma, la lengua implica una relación fatal de alienación. Hablar, y con mayor razón todavía discurrir, no es comunicar, como suele repetírselo de común y corriente, es someter: toda lengua es un sometimiento generalizado. Desde el instante en que es proferida, así sea en la intimidad más profunda del sujeto, la lengua entra al servicio de un poder».
     Anteriormente al que cegó su vida, Barthes había sido víctima de otros atentados llevados a cabo por los signos. En una ocasión estuvo a punto de morir asfixiado mientras ingería una sopa de letras. En otra, un estante repleto de libros de segunda casi lo aplasta. La terrible profusión de mala literatura que diariamente le llegaba no tenía otra finalidad que matarlo por contaminación ambiental. Pero finalmente los signos lograron su propósito mediante un sencillo pero ingenioso plan. Barthes empezó a cruzar la calle confiado en la luz verde del semáforo peatonal y en el carácter binario de dicho código, pero no se dio cuenta que, al mismo tiempo, el semáforo le daba luz verde al tránsito automotor. Las funestas consecuencias ya las conocemos.
     Finalmente, este cínico asesinato debe poner en alerta a los otros semiólogos, y en especial a Umberto Eco, Julia Kristeva y Tzvetan Todorov.

     La prueba de que esto fue leído en el mundo entero es la siguiente nota —que revela más incomprensión que denuncia— de Philip Thody: «Quienes no gustaban de Barthes se ensañaron con el mal chiste de que un especialista en signos no había prestado atención al tránsito a su alrededor» (Barthes para principiantes. Buenos Aires: Era naciente, 1997. Pág. 171).
     Es curioso: las palabras que cita Serrano en su texto son sacadas de la Lección inaugural de Barthes en el Collège de France, institución situada sobre la rue des Écoles, lugar donde ocurrió el insuceso, el 25 de febrero. Barthes venía de almorzar con Michel Foucault y François Mitterrand (que se habían vuelto amigos porque tenían las mismas iniciales en orden inverso). El conductor de la camioneta de lavandería, según sugieren los informes del accidente, estaba ebrio (Thody, 1997:170-1). En cualquier caso, la versión de Eduardo es la más verosímil, pues es la única que habla de móviles concretos; podría incluso verse enriquecida con estos nuevos datos.
 
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